
Es mi más antigua amiga en el mundo. Taimi. Nos conocimos por un pequeño anuncio en una gacetilla firmado por una tal Taimi Tatti, que creí era un seudónimo. Siempre pensé que si tenía una hija le pondría Taimi, pero tuve un varón.
Taimi, una amiga como pocas, la persona más condescendiente conmigo que yo conozco, incluyéndome a mí misma, es callada, reservada y hasta cierto punto diría que estoica.
En todos los años que hemos compartido sólo me ha contado esporádicamente de unos familiares que sigue teniendo en Finlandia y algunos otros más lejanos en la antigua Unión Soviética. Y, sí, claro, hace enjundiosas sopas con klimpor (unas masitas de harina) y algunos platos fuertes que no se comen en Suecia. De su sueco-finlandés sólo conserva un poco de la entonación, que sin embargo es tan patente en su hermana Maja.
Taimi comenzó a visitarme anualmente en Miami hasta que finalmente vino con Maja, mayor que ella y también menos pulida, pero más comunicativa.
Súbitamente, contándoles yo el incidente del niño Elian, Maja soltó que ella sabía exactamente cómo sentíamos los cubanos porque ella había experimentado el mismo miedo. No sabía a qué se refería. Y comenzó a contarme de Ingermanland, como le dicen los suecos, o Ingrian, como le dicen los finlandeses. Una tierra prácticamente de nadie que ameritó tanto empeño para dispersar.
Su nombre deriva de los antiguos habitantes finlandeses, los ingrios, unas 130,000 almas aposentadas en el embalse del río Neva y el lago Ladoga, en el banco oriental del golfo de Finlandia. Este territorio, que perteneciera a Suecia, pasó a formar parte de Rusia al conquistarlo Pedro I en 1702, quien fundó allí la emblemática San Petersburgo.

Mapa de Ingria

Bandera de finlandeses ingrios
Triste mérito de Ingria fue que allí dio comienzo la colectivización soviética de la agricultura en 1928, lo que llevó a que 18,000 de sus habitantes fueran deportados a Karelia Oriental, la península de Kola, Kazajtán y Asia Central. Su escuelas fueron demolidas y su cultura sometida a una demolición sistemática, esfuerzos no suficientes, al parecer, ya que otras 7,000 personas tuvieron que ser deportadas a los mismos cinco infiernos siete años después, y en 1936, otras 20,000 más a Siberia, entre otros, para ser reemplazadas por rusos, ucranianos y hasta tátaros. Sus iglesias luteranas fueron clausuradas, y sus publicaciones y programas de radio en finlandés, prohibidas.
No es de extrañar, pues, que se aliaran a los alemanes cuando éstos invadieron, sobre todo que eso le permitió a 63,000 de sus individuos restantes huir a Finlandia durante la II Guerra Mundial.
Eso no se los perdonó el padrecito Stalin, que en terminada la guerra reclamó a Finlandia el regreso de los exiliados... aunque no fuera más que para deportarlos a otros punto perdido de la ex unión Soviética.
Finlandia, derrotada, con una deuda de 300 millones de dólares con la Unión Soviétia, habiendo perdido Karelia, no tuvo más remedio que cooperar para salvaguardar su independencia y algo de su dignidad. No sólo comenzó a entregar a los exiliados, sino que dio permiso para que agentes de la Unión Soviética recorrieran personalmente las ciudades y aldeas de Finlandia para arrebatar a los fugados. La persecución se extendió incluso a hijos de ingreses nacidos en el país, y en el terror que caracterizó todo lo que desarrolló Stalin, incluso a finlandeses nacidos y criados en el país pero que tuvieran algún tipo de relación con los ingreses. Nada los detuvo.
Así secuestraron a un tío de Taimi y Maja, a quien más nunca lograron sacar de aquella enorme mazmorra que fue la Unión Soviética.
Así se llenó de tal terror la familia de Taimi y Maja, que decidió huir a Suecia con la familia escondida en el compartimiento posterior de un camión.
“Tú no te acuerdas, Taimi, porque tenías unos 5 años”, le dijo Maya, “pero yo todavía recuerdo los pasos y las conversaciones afuera cuando el camión se paró, me acuerdo del horror a ser descubiertos y regresados. Por eso puedo ponerme en los zapatos de los cubanos...”.